Pedí tres frascos. Estaba escéptico. No quería ilusionarme otra vez.
Semana 1: El sabor era agradable. Fácil de tomar. Noté... nada. Casi lo dejé. Pero recordé las palabras del Dr. H sobre el "hambre de los nervios." El hambre no se cura en un día.
Semana 3: Me desperté un martes y noté algo raro. Había dormido toda la noche. Sin toques eléctricos. Sin piernas inquietas. Solo sueño. Sueño de verdad, sin interrupciones, por primera vez en dos años.
Semana 5: El ardor empezó a bajar. No había desaparecido, pero pasó de un 9 a un 6. Pude volver a ponerme calcetines sin querer gritar.
Semana 6: La "estática." Ese zumbido constante en los pies, como señal de tele mala. Se apagó. De un grito a un susurro.
Semana 8: Caminé hasta la tienda sin agarrarme de nada. Quizás para ti eso no suena a mucho. ¿Para mí? Eso fue libertad.
Semana 9: Estaba en el taller. Necesitaba un desarmador del estante de abajo. Me agaché. Lo agarré. Me levanté.
Me quedé parado. Esperé el mareo. Esperé el dolor.
No llegaron.
Me quedé ahí parado y lloré. No de dolor, sino de alivio.
Semana 12: Volví al trabajo. Medio tiempo al principio. Mis manos seguían firmes, y ahora mis pies podían seguirles el paso. Le hice un librero a mi nieta. Me sentí yo mismo otra vez.